Durante años se ha impartido ética profesional en las universidades, partiendo de cosmovisiones deontológicas que signaron el deber como norma. Los cambios de paradigmas llevaron al nacimiento de la bioética como acompañante de los cambios tecnológicos y los avances científicos.

En el campo de la medicina desde el inicio del siglo actual se fue imponiendo la bioética para dar contexto moral a los avances científicos y paradójicamente se ha logrado más el cambio moral en la aplicación del nuevo instrumental, de los trasplantes, del final de la vida y las unidades de cuidados intensivos que lo que tiene que ver con las actitudes del personal de salud respecto a cómo comportarse con el ser humano que recibe el impacto de lo nuevo.

Hace pocas horas nos impactan las redes, los periódicos digitales, la televisión, dando detalles, que nadie autorizó ni pidió, sobre la situación de una persona humana, en estado de vulnerabilidad, evidenciando aspectos médicos de una intervención para liberarle de un artefacto que introdujo en su cuerpo, fruto de un ejercicio íntimo de su vida sexual.

Las redes hicieron gala de la radiografía (prequirúrgica), del artefacto una vez extraído (posquirúrgica) y los comentarios morbosos, ofensivos, se hicieron presente de inmediato. 

Ambos elementos, así como la historia clínica son propiedad del paciente y él no las saco de ese sagrado recinto del quirófano, ni aparenta que haya autorizado su divulgación.

Las críticas han llovido, sobre todo para el personal de salud que intervino en el caso. Alguien sacó la información que es privada, aunque haya sido generada en un espacio público como es el hospital y por demás resultado de su intimidad que es inviolable. Fue convertido en un ser doblemente vulnerado.

Es privado porque pertenece al campo de la ética de máximos, es decir a lo que se ejerce de manera privada para obtener sus aspiraciones de felicidad, de placer, de vida buena y a la que cada uno le pone sus límites sin producir daños a terceros, sin producirse daños intencionales a sí mismo. La vida sexual pertenece a la ética de máximos.

En este caso en que está involucrada la vida sexual se entra a un espacio aún más profundo que es el de la intimidad, y este se define como aquel que la misma persona controla, que a veces no quiere ni siquiera traerlo a los niveles conscientes y al que solo permitiría acceder y mostrarlo a otros si el mantenimiento de su salud, su vida o sus intereses lo ameritan.

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En este caso su vida, su salud, sus intereses lo ameritaban, el permiso era para restaurar sus condiciones no para exponerlas.

Donde se falla en casos como este, o como otro tan sencillo como exponer fotos de la primera recién nacida de este año o su vivienda, es cuando se exponen intimidades sin el permiso de los afectados. Este es el consentimiento informado del que tanto hemos hablado y del que pocos han hecho caso en acogerlo u otros como las autoridades sanitarias en impulsarlo.

Me resulta difícil buscar culpables en el caso en cuestión, pues en un país donde escasean las normas morales en el campo de la salud, salvo honrosas excepciones, imponer consecuencias seria solo una formalidad que calmaría a los sedientos de justicia y como mucho lograría que esto que pasa cada día no salga a la luz pública.

El enfermo, el que busca ayuda de la ciencia no quiere ir a contar su vida a terceros, sino que entiende que al hacerlo por necesidad tiene que ser basado en la confianza que le genera saberse en manos de un personal capacitado técnica y moralmente. Pone en sus manos su dignidad, sin saber qué es eso, exige confidencialidad o secreto, sin saber que eso no es un favor sino un derecho.

Kant hablo de la dignidad como valor moral, lo que no tiene precio porque no es un objeto, y lo que Arendt definió como el derecho a tener derechos, pero si ese es un lenguaje lejano a la medicina imagínense a los usuarios. La única mediación posible con la que se llega a buscar salud es el valor de la confianza en alguien a quienes no conocen.

El Juramento Hipocrático, a quien se recurre a cada minuto, afirmo en una de sus partes donde se refiere al secreto: «Lo que, en el tratamiento, o incluso fuera de él, viere u oyere en relación con la vida de los hombres, aquello que jamás deba divulgarse, lo callaré teniéndolo por secreto”. Hemos reducido el secreto al pensar que solo nos obliga a callar lo que nos cuente el paciente y olvidamos la obligatoriedad sobre lo que vemos.

Nos agrada el texto porque vuelve a dejar en manos del médico el establecimiento de los límites del secreto (aquello que jamás deba divulgarse). Es la ratificación del deber del médico, pero la realidad es que desde el siglo XVIII se judicializo el secreto cuando el paciente lo exigió ante los jueces como violación de la propiedad a su intimidad y el secreto paso a ser un derecho del paciente y ya no más un deber del médico.

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La palabra secreto se comprendió como sigilum y esto como un sello que se ponía a las correspondencias y que no debía vulnerarse, más tarde se usó más la palabra confidencialidad porque proviene del latín, del verbo confido, que significa confiar y es justamente donde reside el daño, se ha violado la confianza en una relación clínica que se entiende de ayuda no de daño.

La confidencialidad enfrenta la esencia de la problemática ética del secreto. El medico es desde sus raíces griegas un curador y un moralizador. Guardando las distancias de lo que ello significo en sus orígenes hoy tiene que seguir siéndolo, intentando curar, tratar, acompañar dentro de un respeto a la persona humana y su dignidad. Esa es la famosa humanización de los servicios no es otra cosa, es reconocer el valor moral de las personas.

De todo esto se encarga la bioética y hay decenas de bioeticistas en la calle ocupados de otras tareas porque esta especialidad no ha sido tomada en cuenta, salvo excepciones contadas y honorables. Ello llama a que se mantengan abiertas las escuelas de bioética, no en una universidad sino en todas.

Se han levantado voces calificadas desde el mundo profesional, desde el campo de la ética, asociaciones como la de los salubristas, reclamando poner coto a esta realidad que no es exclusiva de los médicos sino un mal de las profesiones. Implica una revisión de políticas de parte de los que norman a las universidades y a las escuelas de medicina, del ministerio de salud pública, de los colegios profesionales, de las sociedades especializadas.

No sé si los que quieren sanciones en este caso se satisfagan con ello, yo no. Vuelvo por los fueros educativos, no es hora de cerrar escuelas de bioética sino de abrir nuevas ventanas e innovar en el contenido moral de los servicios.

“Que se abran cien flores y que compitan cien escuelas”. Es una tarea de siembra rápida y cosecha lenta.”

 

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